“Hemos visto al Señor”
Que todos piensen y sientan lo mismo (antes se decía: ‘como un solo hombre’) es el sueño dorado que se esconde detrás de muchas ideologías y de la mayoría de las religiones. No se trata solo de tener muchos adeptos y seguidores, también que lo sean con entusiasmo, militancia y radicalidad, es decir, que lo sean hasta en sueños. En el pasado, la fuerza utópica del sueño de la igualdad, de la libertad y de la fraternidad, movilizaron a no pocos entusiastas, hombres y mujeres, a la lucha por construir un mundo más equitativo, justo, libre, hermanado y solidario. Aunque algo se ha conseguido al respecto, el camino es largo y complejo y está lleno de obstáculos y de sombras. Mientras existan las fuerzas de los sueños, todo es posible.
El cristianismo naciente también tuvo sus sueños. La liturgia de la Palabra de este segundo domingo de Pascua nos habla de algunos de ellos. Tras la muerte humillante por crucifixión de Jesús, sus seguidores quedan desconcertados, huyen o se esconden donde pueden, están aterrados, además, por el miedo a que los pillen. Es en este clima de pavor y terror sucede un hecho insólito: Jesús no está muerto, aparece vivo; ha resucitado, como lo había predicho durante su ministerio público. Esta experiencia, personal y comunitaria, de la resurrección de Jesús por parte de sus seguidores será lo que desencadene el proceso religioso que tendrá como resultado la religión cristiana.
Uno de los primeros efectos de la experiencia compartida entre los seguidores de Jesús, después de percibir su resurrección, fue la puesta en común de sus bienes, la koinonía. El sueño de una vida digna, en la que no se carezca de lo fundamental y lo suficiente para vivir, ha sido muy potente a lo largo de la historia humana. Este sueño no está muerto en nuestros días. La realización de este sueño, siempre presente en la fe cristiana, pasa por la superación del egoísmo, la disposición personal a repartir en equidad los bienes disponibles y por una práctica vital basada en el cuidado, la responsabilidad y la solidaridad. Cerrar la mano, el pensamiento y el corazón al otro atenta al núcleo del Evangelio y desvirtúa la experiencia compartida de la resurrección.
Primera lectura de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35
El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor.
Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.
Salmo 117, 2-4.16ab-18.22-24 R: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.
«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.
Segunda lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 5, 1-6
Queridos hermanos:
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él.
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.
¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Evangelio según San Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Parte 3. Cómo obtenemos la vida en Cristo
PRIMERA SECCIÓN. Para qué estamos en la tierra, qué debemos hacer y cómo nos ayuda el Espíritu Santo de Dios
CAPÍTULO SEGUNDO. La comunidad humana
329 ¿Cómo se construye la justicia social en una sociedad?
La justicia social se construye allí donde se respeta la dignidad inviolable de cada ser humano y se garantizan y ponen en práctica los derechos que se derivan de ella, sin ninguna restricción. A ellos pertenece también el derecho a la participación activa en la vida política, económica y cultural de la sociedad. La base de toda justicia es el respeto de la dignidad inviolable del hombre que «nos ha sido confiada por el Creador, y de la que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia» (beato Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, de 1987). De la dignidad humana se derivan directamente derechos humanos que no puede abolir o cambiar ningún Estado. Los Estados y las autoridades que pisotean estos derechos son regímenes injustos y pierden su autoridad. Pero una sociedad no se perfecciona mediante leyes, sino mediante el amor al prójimo, que, «sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como 'otro yo'» (GS 27,1). 280
330 ¿En qué medida son todos los hombres iguales ante Dios?
Ante Dios todos los hombres son iguales en la medida en que todos tienen el mismo Creador, todos fueron creados según la única imagen de Dios con un alma dotada de razón, y todos tienen el mismo Redentor. Dado que ante Dios todos los hombres son iguales, todo hombre posee la misma dignidad y puede reclamar los mismos derechos como persona. Por eso toda discriminación social, racial, sexista, cultural o religiosa de la persona es una injusticia inaceptable.
331 ¿Por qué existen, no obstante, las desigualdades entre los hombres?
Todos los hombres tienen la misma dignidad, pero no todos encuentran las mismas condiciones de vida. Donde la desigualdad es causada por los hombres, está en contradicción con el Evangelio. Donde los hombres han recibido de Dios diferentes dones y talentos, es Dios quien nos remite unos a otros para que en la caridad uno compense lo que le falta al otro. Existen desigualdades entre los hombres que no tienen su origen en Dios, sino que proceden de condiciones sociales, especialmente del reparto injusto en todo el mundo de materias primas, propiedades y capital. Dios nos obliga a eliminar del “mundo todo aquello que está en abierta oposición al Evangelio y menosprecia la dignidad de la persona. Pero hay también desigualdades entre los hombres que sí corresponden a la voluntad de Dios: desigualdad en los talentos, en las condiciones iniciales, en las posibilidades. En ello se esconde una indicación de que ser hombre significa estar disponible para los demás en la caridad, compartir con ellos y hacer posible la vida. 61
